Judas

No intentes entender mi saliva si no has de caer, en la noche que amorra al saber, que el día la estaba mintiendo. Carraspea el alma si intuye que no volveré por las trochas donde dormité los sueños que no valen nada. A las claras grito en silencio el discurso soez, que vomita todo lo que sé, que tan solo anhelaba la calma. Llora en la palera la pega que quiso sembrar de sordos truenos el secarral que esquilmado me arde por dentro.

Me equivoqué de aserradero y no pude escapar del silbido de las nutrias, del clamor de la colmena. Encontré el pellejo que ataba el llanto a la cruz y enterré bajo el olivar las lagrimas de Ciborea.

Fue la garganta dormida el lecho voraz, de palabras que nunca tendrán la tinta que las da sustento. La lengua que corta el aliento nunca lamerá los papeles, que darán lugar al tornado que mata tormentos.

Quizás el mesías que acarreaba a la espalda justicia, no era mas que un labriego falto de papel de plata, el maná que escupía el cielo, las sobras que despreciaban las ratas. Le susurraba con voz queda el plagio de la mala suerte a la ubre que lo amamantó, abrevaban del vinagre los gazapos descabezados que moraban el vientre bastardo.

No intentes desviarme de mi camino, que de serrín y tila tengo llenos los bolsillos, a mi lado, en la letrina, queda un sitio; condenado a la sombra de Aceldama, por los siglos de los siglos…


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